Así comienza: «Diez, nueve, ocho, siete… ¡Cero! ¡Viva el Carnaval del Toro!». Y el primer «¡Dong!». Cálido. Penetrante. La hondura que cala. El reloj suelto, por tanto, on fire. Qué sensación. Indescriptible. La locura colectiva, el delirio. El corazón desbocado, a ritmo de charanga… Y, luego, todo lo demás. Desandar la calle Madrid con la Campana Gorda atronándola. Las piedras centenarias reviven. Se mueven. Único. El primer encierro: los mansos bamboleándose por Los Pinos y el Registro. La tragicomedia: las primeras carreras, las primeras caídas… El “uy” comienza a instalarse. Acaba el encierro. El murmullo toma la vieja Miróbriga: las calles hierven. Corre el alcohol. Huele a calamar, a morro [todo rebozado]. Los ni, no, ni, no de las Ferias se suman a la fiesta. “¡Veinte boletos!”. La churrería como punto de partida; o lo contrario: final. La noche ya sobre Miróbriga. Máscara. Un petardo atrona los oídos. Pólvora. El fuego cruzado se acerca. La rotonda del Árbol Gordo es, unas horas después, punto de encuentro. El maletilla [tótem] calla, mira. Las mantas por los hombros, la botella bajo el brazo. La arena de la plaza bajo los pies, ahora, los tablaos a la vista. “Allí hay un hueco”. La charanga de nuevo en acción. Inenarrable. Un puñado de minutos mágicos. ‘La Campana Gorda’, ‘El Forastero’… La cogida de barreras después. Otro vuelco a corazón. Tiriti. Portón abierto: el toro entra en escena. Carnaval. Del Toro. Carnaval del Toro. Ciudad Rodrigo. Faltan 100 días.

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